| La mirada del turista |
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El Museo del Prado ¡El Museo del Prado! ¡Dios mío! Yo tenía pinares en los ojos y alta mar todavía con un dolor de playas de amor en un costado, cuando entré al cielo abierto del Museo del Prado. ¡Oh asombro! ¡Quién pensara que los viejos pintores pintaron la Pintura con tan claros colores; que de la vida hicieron una ventana abierta, no una petrificada naturaleza muerta, y que Venus fue nácar y jazmín trasparente, no umbría, como yo creyera ingenuamente! Perdida de los pinos y de la mar, mi mano tropezaba los pinos y la mar de Tiziano, claridades corpóreas jamás imaginadas, por el pincel del viento desnudas y pintadas. ¿Por qué a mi adolescencia las antiguas figuras le movieron el sueño misteriosas y oscuras? Yo no sabía entonces que la vida tuviera Tintoretto (verano), Veronés (primavera), ni que las rubias Gracias de pecho enamorado corrieran por las salas del Museo del Prado. Rafael Alberti A la pintura (1945-1967) Por carretera : Apuntes de viaje “Desde que los ferrocarriles se ha extendido no sólo por el mundo civilizados, sino por territorios inmensos de paisajes incultos y salvajes; desde que el temor a los peligros que pudieran en ellos correrse ha ido desapareciendo, merced a la costumbre de utilizarlos y a la poca frecuencia con que estos accidentes ferroviarios ocurren; desde que nadie emplea otro medio de trasladarse a grandes distancias que el rápido y cómodo que este medio de locomoción ofrece, la historia práctica de los pueblos, la que se aprende ante sus monumentos y sus ruinas, visitando lugares y escuchando viejas leyendas que la tradición, adulteras,, conserva; sorprendiéndose de las costumbres que, venidas de inmemorables tiempos, sólo han sufrido ligeras variaciones impuestas por la civilización que ha de llegar a todas partes, y que, pintorescas, si los pueblos a que pertenecen se hallaban sentados en las suaves laderas de alegres montañas o en risueños y feracísimos valles, son salvajes y llenas de rudeza...Cuantos parajes interesantísimos atraviesa el viajero a gran velocidad!- Cuantos gloriosos episodios de nuestra historia sin igual ocurrieron donde mas tarde había de tenderse los rieles por los que se desliza como inmenso reptil de poderosa fuerza y gigantesco tamaño el misterioso tren que rapidísimo conduce en sus entrañas al viajero, ignorante de su ignorancia! Mirad el interior de un vagón de primera clase: van en él personas que han de suponerse ilustradas e instruidas. si es de noche, cerrados los cristales, cubierto el farol cenital con azulado paño, veréis a los viajeros dormir o dormitar. si es de día; si el sol, alegrando el camino, convida a fijarse en el paisaje y admirar los diversos matices que las distintas plantaciones del terreno de insípida novela, vendida en cualquier estación por alguno que vocea: “Libros para solaz y regocijo del viajero“. Alejandro Dumas ha dicho que los ferrocarriles se hicieron para las mercancías y os comisionistas. Yo no voy tan allá como el genial y fecundísimo escritor de la nación vecina; yo creo que la actividad del hombre sintió la necesidad de transportar y transportarse rápidamente, y el invento vino a satisfacerla, traído por la necesidad, ¿Quién se atrevería a dudar de las utilidades que a la humanidad presta? Pero aquí no hablamos del que tiene prisa, sino del que viaja por placer. Conozco una señora francesa que sin ser muy rica dispone de una mediana renta, y que dedica diez mil francos anuales para recorrer durante la primavera, en cómodo carruaje que alquila, un trozo de la Francia. dicha señora y sus distinguida hija, han llegado a tener un cabal conocimiento de su país, y reunido preciosísimo álbum fotográfico de aquellos lugares interesantes que a su paso encontraron. Claro esta que el haber viajado en diligencia nuestros mayores, no es razón para que abone la idea de viajar así; muy al contrario. Bastan los relatos que de ellos nos vienen, para estremecerse sólo a la idea de pasar algunas horas en esos incómodos vehículos. No; yo creo que todo el encanto de un viaje por carretera, desaparece a la sola idea de meterse en esos cajones con ruedas que se llaman diligencias, útiles únicamente donde no hay otro remedio de transporte. Yo me refiero al modo de viajar de Madame Bray: en carruaje propio, deteniéndose a placer, sin prisa, estudiando el camino, o por decir mejor, ampliando, dando exactitud y fijando de modo perenne el estudio que se ha hecho ya. Por carretera : Apuntes de viaje. Desde Madrid a Santander, cruzando las provincias de Segovia, Ávila, Valladolid y Palencia Prólogo: En el que se dice la razón por que fue emprendido el viaje, y se escriben estos apuntes. Miguel de Asúa y Campos. Imprenta del depósito de la guerra. Madrid (1900) |